Categoría: Arquitectura

  • ¿Y si no hago renders? (Spoiler: no pasa nada)

    En estos tiempos, pareciera que hacer renders fotorrealistas es casi una obligación si estudias arquitectura. Basta con abrir Instagram para ver un desfile de imágenes perfectas, hiperrealistas, llenas de atmósferas, luces y muebles de diseñador (en muchas ocasiones panoramas imposibles de alcanzar).

    Y sí, los renders pueden ser una herramienta poderosa para comunicar y vender un proyecto… Pero también es válido preguntarse: ¿Y si no quiero hacer renders? ¿Y si no puedo? ¿Y si no los hago?

    Este post es para los que sufren cada vez que abren Twinmotion, los que no tienen una computadora gamer, los que dibujan mejor a mano o los que simplemente están cansados de perseguir una estética que a veces ni si quiera representa su proyecto.

    No necesitas renders para tener un buen proyecto

    Pausa, respira, repite conmigo: Un render no es sinónimo de calidad arquitectónica, es una herramienta de comunicación visual, al igual que una maqueta, un plano o un croquis, nada más.

    Un buen proyecto puede explicarse con líneas claras, diagramas, textos o maquetas. Lo importante no es el brillo de la imagen, sino la claridad del pensamiento que hay detrás. Si un proyecto se desmorona cuando le quitas el render, el problema no es técnico: es conceptual.

    Esquema conceptual del Tourning Torso, de Santiago Calatrava

    Algunos de los arquitectos más influyentes del siglo XX jamás usaron renders, Álvaro Siza trabajaba con dibujos a mano, Santiago Calatrava maneja esquemas con acuarelas y Tatiana Bilbao tiene la firme postura de usar collages para narrar ideas urbanas sin depender del hiperrealismo. La herramienta nunca fue el problema: lo importante era lo que querían comunicar.

    ¿Por qué nos obsesionamos con renderizar? Parte de la respuesta está en la cultura visual contemporánea. Vivimos rodeados de imágenes rápidas y las redes sociales favorecen lo inmediato. Un render bonito gana “likes” más fácilmente que un plano bien hecho. Esto genera una presión silenciosa: si no hago renders, mi trabajo se verá menos profesional.

    Corte esquemático y collage interior del «Centro de Investigación Mar de Cortes» de Tatiana Bilbao

    ¿Cuándo sí vale la pena hacer renders?

    Hay momentos en los que el render puede ser una gran herramienta:

    • Cuando quieres mostrar atmósferas específicas: la luz entrando en una biblioteca, la escala de una plaza, la textura de un muro.
    • Cuando participas en concursos o entregas públicas.
    • Cuando el público no tiene formación arquitectónica (por ejemplo, un cliente o inversionista).
    • O cuando te interesa experimentar con encuadres, materiales y composición visual.

    En esos casos, el render comunica algo que otras técnicas no logran con tanta precisión. Pero hacerlo solo porque “todos lo hacen” o “así se ve más bonito” puede terminar vaciando de sentido al proyecto.

    El render no es el enemigo, pero tampoco el protagonista. Debería llegar cuando el proyecto ya tiene una idea clara y no antes, cuando ya sabes qué espacio quieres comunicar, entonces vale la pena invertir tiempo en hacerlo visible.

    Proyecto «Campos Eliseos» de Tatiana Bilbao

    Alternativas que también comunican (y a veces mejor)

    Si no tienes una computadora gamer o no disfrutas renderizar, no te preocupes. Hay muchos caminos igual de válidos y expresivos:

    1. Axonometrías y perspectivas a mano: Tienen carácter, muestran tu trazo y tu mirada. Un dibujo a lápiz o tinta bien hecho puede transmitir espacialidad con más calidez.

    2. Collages arquitectónicos: Muy populares hoy, permiten explorar atmósferas combinando fotografías, texturas y planos. Son rápidos, experimentales y narrativos.

    3. Maquetas físicas fotografiadas: Una buena foto de una maqueta, con luz natural y encuadre cuidado, puede ser más poderosa que un render saturado. Además, muestra tu proceso y tu dominio del volumen.

    4. Secuencias o storyboards: En lugar de una imagen fija, narra cómo se habita el espacio: una persona que entra, se sienta, observa. Pequeñas viñetas que cuentan la vida dentro del proyecto.

    5. Croquis expresivos: Un croquis con acuarela o tinta puede transmitir atmósfera y movimiento. No todo debe ser hiperrealista: a veces, lo sugerido comunica más que lo explícito.

    Dibuja, modela, piensa

    No estás obligado a renderizar para ser arquitecto. No necesitas la computadora más potente ni dominar todos los programas, lo que sí necesitas es saber comunicar lo que piensas, con los medios que más se adapten a tu proceso.

    Si el proyecto es sólido, se nota, incluso con un dibujo en servilleta.

    Y si algún día quieres aprender a renderizar, hazlo por curiosidad, no por presión. Porque al final, lo importante no es si haces renders… sino si sabes pensar la arquitectura.

  • #Reseña: Ciudad Feliz, una invitación a mirar lo que funciona en nuestras ciudades

    En medio de tantos discursos que hablan sobre el colapso de las ciudades y sus problemas, del tráfico interminable, el caos y la desigualdad, Ciudad Feliz de Charles Montgomery (2023) aparece como un respiro necesario.

    En lugar de insistir en lo que va mal, este libro propone mirar lo que sí funciona: las ciudades que, poco a poco, logran hacer felices a sus habitantes. Montgomery, periodista y urbanista canadiense, no escribe para especialistas: convierte ideas complejas en reflexiones accesibles.

    Un urbanismo que empieza en las personas

    Lo que hace tan valioso a Ciudad Feliz es su punto de partida: el bienestar humano. Montgomery se pregunta cómo los espacios, las calles o los medios de transporte afectan nuestras emociones cotidianas ¿Por qué algunas calles invitan a caminar y otras generan ansiedad? ¿Por qué en ciertos barrios la gente se saluda más y en otros no?

    Basándose en estudios de neurociencia, economía conductual y psicología ambiental, el autor muestra cómo la configuración del entorno urbano puede potenciar o limitar nuestra felicidad.

    Una de las aportaciones más poderosas del libro es su mirada optimista, Montgomery no ignora los problemas urbanos, pero elige centrarse en los ejemplos positivos: Copenhague, Bogotá, Vancouver, Medellín o Portland, donde se están ensayando soluciones que ponen a las personas en el centro.

    El autor llama a ver estos lugares como “faros de esperanza”, no como modelos a copiar, sino como laboratorios de ideas que pueden adaptarse regionalmente. En lugar de importar planes, podemos inspirarnos en los principios planteados.

    Esta perspectiva resulta especialmente valiosa para quienes estudiamos o enseñamos urbanismo en Latinoamérica. Muchas veces las discusiones se estancan en el diagnóstico de carencias; Montgomery nos recuerda la importancia de mirar lo que ya funciona, aunque sea en pequeña escala, y aprender de ello.

    No habla solo de planeación, sino de cómo el diseño urbano moldea nuestras relaciones sociales y emociones. La ciudad puede ser una máquina que produzca bienestar o una que lo destruya, todo depende de las decisiones colectivas que tomemos.

    Una lectura obligatoria para estudiantes, docentes y ciudadanos

    Por su lenguaje accesible, Ciudad Feliz es un texto ideal para estudiantes de arquitectura, urbanismo y diseño urbano. Aporta un marco de pensamiento que combina teoría, evidencia y sensibilidad social.

    Como docentes o profesionales, el libro también nos invita a revisar nuestra propia práctica: ¿Diseñamos para la eficiencia o para el bienestar? ¿Cuánto espacio damos a las emociones y experiencias cotidianas en nuestros proyectos urbanos?

    Ciudad Feliz no es solo un libro sobre urbanismo: es un manifiesto sobre la empatía y la esperanza. Invita a pensar la ciudad no desde la frustración, sino desde la posibilidad. Su mensaje es simple pero transformador: las ciudades felices son aquellas que hacen felices a las personas.

    Leerlo es un acto de optimismo informado, una invitación a imaginar y construir ciudades donde la felicidad no sea un lujo, sino una meta colectiva.

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    Fuentes:

    Montgomery, C. (2023). Ciudad feliz: Transformar nuestras vidas a través del diseño urbano.

  • Del alacrán y las regletas al CAD: cuando escribir era (casi) un arte

    Si alguna vez tuviste que usar un alacrán para rotular un plano, este post es para ti. Y si no sabes qué es un alacrán, quédate a leer porque estás a punto de descubrir cómo era dibujar cuando el Ctrl+Z no existía.

    Antes de AutoCAD, colocar textos en tus planos era todo un ritual. Hoy basta con un par de clics y ya tienes el nombre del proyecto, la escala y los títulos listos para imprimir.

    ¿Mejor? Sí. ¿Más fácil? También. ¿Más bonito? Ahí ya entramos en terrenos de la nostalgia.

    Rotular a mano: una mezcla de paciencia, precisión y estrés

    Antes de que todo fuera digital, el rotulado era una de las partes más delicadas (y temidas) de hacer un plano. No era solo escribir bonito: era escribir perfecto, sin faltas de ortografía y sin posibilidad de modificar. Y para eso teníamos nuestras fieles herramientas:

    • Los estilógrafos: esos plumones de tinta china que, si no los limpiabas bien, te traicionaban con una mancha negra en pleno rótulo.
    • Las regletas: unas placas de plástico con letras huecas que servían de guía para trazar y mantener uniformes las letras y números.
    • El alacrán: una herramienta que servía de soporte para fijar los estilógrafos y se usaba en conjunto con las regletas para trazar texto profesionalmente.

    Rotular a mano era casi un arte, había que tener buen pulso, paciencia y mucha práctica, a veces pasabas horas haciendo un plano impecable… y al final, una letra chueca en el rótulo lo echaba todo a perder. Lágrimas, coraje, y vuelta a empezar.

    CAD: el día que aprendimos a escribir con estilo (de texto)

    Luego llegó AutoCAD y todo cambió.

    Ahora puedes:

    • Elegir el tipo de letra y cambiarla en cualquier momento.
    • Copiar y pegar rótulos entre planos como si nada.
    • Corregir errores de ortografía sin manchar nada.
    • Usar bloques con campos automáticos que se actualizan solos.

    Lo que antes era una proeza ahora es una rutina. Y sí, es mucho más eficiente, pero también se perdió algo del cariño que le poníamos al proceso, el cuidado de pensar bien cada palabra antes de plasmarla y cuidar la ortografía como si tu vida dependiera de ello (porque si, un error de dedo o una falta ortógrafa era equivalente a volver a empezar el plano).

    El rótulo dejó de ser ese remate hecho a mano con orgullo, para convertirse en una cajita con textos generados en segundos.

    ¿Y entonces qué? ¿Nos olvidamos del alacrán?

    Para nada. De hecho, vale la pena recordarlo. No para regresar al pasado (nadie quiere volver a lavar estilógrafos cada semana), sino para valorar lo que tenemos ahora.

    Rotular a mano enseñaba cosas que todavía importan:

    • El sentido del orden.
    • El cuidado en los detalles.
    • La responsabilidad gráfica.

    Pasar del alacrán al CAD fue como cambiar el cassette por Spotify. Todo es más rápido, más limpio, más fácil. Pero eso no significa que lo anterior no valiera la pena. A veces mirar atrás nos ayuda a entender mejor el presente, y a no dar por hecho cosas que antes costaban sudor (literal) y tinta.

    Así que la próxima vez que coloques textos en tus planos, recuerda: hubo una generación que lo hacía letra por letra, manchándose los dedos… y con la angustia de cometer un error en el proceso.

  • ¿Qué es una repentina en arquitectura y cómo prepararse para ella?

    En el mundo académico de la arquitectura, las repentinas son una práctica recurrente que despierta emociones encontradas entre estudiantes y docentes. Aunque pueden generar nerviosismo, también son una valiosa herramienta pedagógica. 

    Pero ¿qué es exactamente una repentina? ¿Cuál es su objetivo y cómo se puede afrontar con éxito?

    Este artículo explora el concepto de repentina dentro del contexto escolar, sus propósitos formativos y algunas estrategias para prepararse de manera eficaz. 

    Entender el valor de este ejercicio puede marcar la diferencia en tu desempeño académico y la manera con la que afrontas este reto.

    ¿Qué es una repentina en arquitectura?

    Una repentina es un ejercicio académico de diseño que se realiza en un tiempo limitado y con condiciones específicas que usualmente se desconocen hasta el momento de iniciar. 

    El término proviene de lo “repentino” o inesperado de la dinámica, y busca simular situaciones reales de resolución rápida de problemas en el ejercicio profesional de la arquitectura.

    Este tipo de actividades puede tener distintos formatos: desde una sesión corta de 2 o 3 horas en aula, hasta un trabajo intensivo de uno o varios días. 

    A menudo se realiza de forma individual, pero también existen variantes colectivas. Suelen evaluarse tanto el proceso como el resultado, y su objetivo no es la perfección gráfica, sino la capacidad de síntesis, respuesta conceptual, y resolución espacial.

    Propósitos formativos de la repentina

    Lejos de ser solo una prueba de estrés o improvisación, la repentina tiene un trasfondo pedagógico, algunos de sus objetivos son:

    • Fomentar la toma de decisiones rápida y fundamentada.
    • Ejercitar la capacidad de síntesis ante condiciones limitadas.
    • Estimular la creatividad en contextos de presión.
    • Simular escenarios reales del ejercicio profesional.
    • Promover la autoconfianza del estudiante en su intuición y habilidades.

    ¿Cómo prepararse para una repentina?

    Aunque por definición una repentina no se puede prever, existen formas de prepararse mental y técnicamente para enfrentarla con mayor solvencia:

    1. Ejercita tu pensamiento crítico: Practica el análisis rápido de situaciones urbanas o arquitectónicas. Observa tu entorno y formula pequeñas propuestas: ¿Cómo reordenarías un espacio público?, ¿Cómo sería una casa para una persona con alguna discapacidad? ¿Cuáles son sus necesidades? Este tipo de ejercicios cotidianos te preparan para pensar con agilidad.

    2. Domina tus herramientas de representación: En una repentina, el tiempo es oro. Saber dibujar rápido y claro, dominar las escalas, representar una idea en planta, sección y perspectiva con soltura es clave. No se trata de dibujos perfectos, sino de que comuniquen eficazmente.

    3. Administra bien tu tiempo: La gestión del tiempo define el resultado. Acostúmbrate a trabajar bajo cronómetro en ejercicios rápidos, divide el tiempo disponible en fases. Saber cuándo detenerte en una idea y cuándo pasar a la siguiente es parte del aprendizaje.

    4. Confía en tu intuición proyectual: Muchas veces, el peor enemigo en una repentina es la parálisis por análisis. Si has construido una base sólida de conocimientos, tu intuición puede ser una aliada poderosa. Aprende a confiar en tu primer impulso, sin dejar de sostenerlo con argumentos válidos.

    5. Cuida tu estado físico y emocional: No subestimes el valor del descanso, la alimentación y el manejo del estrés. Una mente cansada reacciona más lento, y en una repentina cada minuto cuenta. Llevar una botella de agua, tener un kit básico de dibujo listo y mantener una actitud positiva puede marcar la diferencia.

    Las repentinas en arquitectura son mucho más que simples pruebas sorpresa: son oportunidades para poner a prueba nuestras capacidades reales como proyectistas. Afrontarlas con preparación, autoconocimiento y estrategia permite transformarlas de experiencias estresantes en momentos de crecimiento.

    En última instancia, una repentina refleja lo que ya sabes y lo que puedes construir con ello en un tiempo limitado. No se trata de brillar con soluciones espectaculares, sino de resolver con inteligencia, claridad y sensibilidad.

    Fuentes consultadas:

    • Álvarez Tamayo, D. I., & Cabrera Pérez, H. A. (2005). La repentina como práctica académica de diseño enfocada al bien común. UPAEP.
    • Salazar-Ceciliano, E., Alvarado-Retana, J., & Chang-Albizurez, D. (2020). Repentinas como estrategia didáctica para el desarrollo de la creatividad en los procesos iniciales de la enseñanza de arquitectura. Tecnología en marcha, (Edición especial), 71–78. Escuela de Arquitectura y Urbanismo.
  • El mito del arquitecto súper estrella (y por qué es hora de romperlo)

    Zaha Hadid. Tadao Ando. Rem Koolhaas. Le Corbusier. Frank Gehry.

    Nombres que suenan como leyendas, referentes que aparecen en todos los libros, revistas y cuentas de Instagram de arquitectura. Parece que ellos (y solo ellos) “inventaron” la arquitectura contemporánea.

    Que sus obras son geniales porque sí, como si una chispa divina los hubiera tocado.

    Pero… ¿y si te dijera que la arquitectura no la hace una sola mente brillante, sino muchas manos, voces y decisiones compartidas?

    Hoy vamos a hablar del paradigma del arquitecto súper estrella (y por qué necesitamos una visión más colectiva y humana en la arquitectura).

    La narrativa del genio solitario

    Durante décadas, la figura del “arquitecto super estrella” ha sido central en la cultura arquitectónica.

    Se nos enseña que los grandes proyectos nacen de una mente brillante que lo define todo: el concepto, la forma, la materialidad, el discurso. Como si fueran artistas absolutos.

    Y sí, muchos de ellos han hecho aportes fundamentales, pero esta visión es parcial, idealizada y poco realista.

    La arquitectura no se hace solo con ideas: se construye con equipos y ninguno de esos grandes nombres trabajaba en solitario.

    Detrás de cada obra hay colaboradores, dibujantes, ingenieros, asesores, obreros, diseñadores de interiores, asistentes, modeladores, clientes, incluso pasantes.

    Y aunque el arquitecto estrella firme el proyecto… no lo hizo todo.

    Pensar que una persona resuelve todo un proyecto, invisibiliza el verdadero proceso arquitectónico, que es complejo, colectivo y lleno de decisiones compartidas.

    Equipo de trabajo del despacho Zaha Hadid Architects, donde trabajan más de 500 empleados.

    ¿Por qué esto es importante para los estudiantes?

    Porque muchas veces, sin darnos cuenta, caemos en esa trampa: Queremos diseñar como si fuéramos Zaha Hadid en segundo semestre, creemos que si alguien nos ayuda, el proyecto ya no es “nuestro”, nos da pena pedir apoyo porque sentimos que “el genio trabaja solo”, idealizamos al maestro que “lo sabe todo”, y tememos decir que no entendemos algo.

    Y eso genera frustración, agotamiento y una visión poco saludable del aprendizaje.

    La universidad es el mejor lugar para aprender a hacer equipo.

    Muchos estudiantes ven el trabajo en equipo como una carga, pero en realidad, es una de las habilidades más valiosas que puedes desarrollar.

    Saber colaborar, repartir tareas, comunicar ideas, respetar tiempos, resolver conflictos y sumar talentos… es algo que te va a servir tanto en el aula como en la vida profesional.

    Y sí: a veces el trabajo en equipo es difícil, pero es ahí donde se forjan los arquitectos que saben liderar sin aplastar, que saben escuchar y construir en conjunto.

    En la vida laboral, el trabajo en equipo no es opcional, una vez fuera de la universidad, te das cuenta de que ningún proyecto se resuelve en solitario, necesitas a otros: renderistas, dibujantes, ingenieros, especialistas, proveedores, clientes, autoridades, albañiles.

    Y si no sabes trabajar con ellos, tu proyecto no va a avanzar. Así de simple. El arquitecto no puede (ni debe) ser una figura mesiánica.

    Necesitamos arquitectos que sepan pensar, pero también colaborar, gestionar, adaptarse y sumar.

    Conclusión: menos estrellas, más constelaciones

    Está bien admirar a los grandes nombres. Inspírate en ellos, estúdialos, aprender de sus obras.

    Pero no los pongas en un pedestal imposible, recuerda que la arquitectura es un oficio compartido, y qué no se trata de ser un dios moderno, sino de saber colaborar, escuchar, sumar, construir con otros.

    La verdadera arquitectura no está en una firma famosa, sino en la capacidad de transformar una idea en espacio… y eso, siempre, se logra en equipo.

  • ¿Cómo explicar tu proyecto sin sonar confuso? 5 tips para tus exposiciones de Taller.

    Presentar un proyecto en el Taller de diseño (y en general en cualquier materia) puede ser una de las partes más retadoras de estudiar arquitectura.

    No solo tienes que diseñar: también tienes que explicar lo que hiciste, por qué lo hiciste y cómo funciona, frente a maestros, compañeros… Y a veces, hasta jurados invitados.

    Y ahí es donde muchos se traban: hablan mucho pero no dicen nada, se pierden en detalles técnicos o repiten lo que ya está en los planos sin realmente comunicar la idea de fondo.

    Si te ha pasado, no estás solo y es más común de lo piensas. Por eso, aquí te dejo una guía clara y sencilla para explicar tu proyecto sin sonar confuso, con pasos prácticos que puedes adaptar a tu estilo.

    1. Antes de hablar: Entiende tu proyecto, puede sonar obvio, pero no lo es tanto.

    Hazte estas preguntas clave: ¿Cuál es la idea central de mi proyecto? ¿Qué problema o necesidad estoy resolviendo? ¿Qué decisiones de diseño tomé… y por qué? ¿Qué quiero que la gente sienta o entienda cuando lo vea?

    Ejemplo: “Mi proyecto busca reconectar un barrio fragmentado a través de un centro cultural que funciona como puente físico y social.”… Con eso claro, todo lo demás (la planta, los materiales, las decisiones formales) tiene un hilo conductor.

    2. Organiza tu exposición como una historia: Piensa en tu exposición como un cuento bien contado, no empieces con detalles técnicos ni con el terreno.

    Primero, capta la atención con el “por qué” de tu proyecto. Prepara un guión y organiza tus ideas de lo general a lo particular.

    Para lograrlo, puedes guiarte de la siguiente estructura:

    • Introducción (el contexto y la idea principal): ¿Dónde está el proyecto? ¿Qué lo motivó? ¿Qué busca resolver?
    • Concepto general y estrategia: ¿Cuál es tu intención como diseñador? ¿Qué decisiones tomaste para lograrlo?
    • Desarrollo del proyecto: Explica brevemente planta, corte, fachada, relación con el sitio. No enumeres: conecta ideas.
    • Detalles clave o aportes específicos: ¿Hay algo innovador, socialmente relevante, sustentable?
    • Cierre o conclusión: Resume tu idea y cierra con claridad.

    3. Habla para que te entiendan (no para impresionar): Evita usar palabras rebuscadas, tecnicismos innecesarios o frases vacías.

    El lenguaje técnico arquitectónico es importante, pero también es importante que el proyecto  se entienda, por más complejo que sea, tu forma de explicarlo debe ser simple, directa y sincera. Práctica a explicarlo como si se lo contaras a alguien que no estudia arquitectura.

    Ejemplo: No digas: “Mi propuesta se concibe como una articulación simbólica entre dinámicas urbanas heterogéneas” Mejor di: “El proyecto conecta dos zonas del barrio que hoy están separadas”

    4. Usa tus planos e imágenes como apoyo, no como muleta: No leas lo que ya está en el plano, mejor, guía al espectador: Señala directamente en tus plantas o renders lo que quieres mostrar.

    Usa frases como “aquí se ve cómo…” o “en esta planta notamos que…”. No expliques todo. Solo lo esencial para reforzar tu discurso. Complementa la información que se ve y es evidente, con la que no lo es (la toma de decisiones y los porqués).

    5. Respira, mira al frente y cree en tu propuesta: es normal estar nervioso, pero no dejes que te domine, habla con calma, mira a tu audiencia, no te escondas. Si te equivocas o te trabas, respira y retoma con naturalidad. 

    No quieras correr, es mejor hablar poco y claro que mucho y atropellado, si tienes un tiempo límite asignado práctica tu discurso y mide tus tiempos.

    Si alguien te hace una pregunta difícil, no te pongas a la defensiva: escucha, piensa y responde con lo que sí sabes, recuerda que no necesitas defender todo, pero sí mostrar que tu proyecto tiene sentido y que lo pensaste con intención.

    Pero lo más importante ¡Ensaya antes!

    No improvises del todo. Puedes hacerte una pequeña guía con los puntos clave y practicar frente a un espejo, un amigo o grabándote.

    Cuanto más lo ensayes, más natural se volverá tu forma de explicar… Y más clara será tu idea.

  • ¿Está mal usar ChatGPT en arquitectura? Una guía honesta

    Desde hace un tiempo la inteligencia artificial se ha colado en las universidades, en los talleres y hasta en nuestras desveladas, es cada vez mas frecuente consultar en estos medios para «investigar». No solo ChatGPT, sino Gemini, DeepSeek e incluso Siri son cada vez más potentes y difíciles de detectar.

    Muchos estudiantes de arquitectura ya lo usan para redactar, buscar ideas, organizar entregas o incluso para entender conceptos complejos.

    Pero entre lo útil y lo cómodo hay una línea delgada, y vale la pena preguntarnos: ¿Qué tan honesto es usar una IA en tareas escolares? ¿Y cómo podemos sacarle provecho sin perdernos lo valioso del proceso académico?

    La respuesta corta (y polémica) es que sí, claro que lo puedes usar IA, sería tonto tener la tecnología al alcance de la mano y no aprender a usarla e integrarla a nuestros flujos de trabajo, incluso no usarla podría dejarnos en desventaja con otros profesionistas que integran la herramienta de manera eficiente.

    Pero la IA no debe usarse para dejar que piense por ti, porque eso te convierte en un eslabón del cual podemos prescindir: “¿Si yo directamente puedo encargar a una IA que haga tu trabajo, para que necesito contratarte?”

    Empecemos por lo obvio: ChatGPT es una herramienta, no un atajo mágico. No va a pensar tu proyecto, ni va a resolver tu concepto espacial, ni va a sustituir tu criterio arquitectónico.

    Lo que sí puede hacer (y muy bien) es ayudarte a:

    • Redactar textos más claros o mejor estructurados (memorias, fichas, descripciones).
    • Organizar tus ideas cuando estás bloqueado.
    • Generar listas, esquemas, cronogramas o resúmenes de lectura.
    • Rebotar ideas cuando no tienes con quién conversar sobre tu proyecto.
    • Traducir tecnicismos o explicarte conceptos difíciles.

    Pero aquí la palabra clave es “ayudarte”, la idea es tuya, pero empleas la herramienta para refinarla y pulirla. Si solo copias y pegas sin entender nada, no estás haciendo arquitectura: estás haciendo trampa contigo mismo.

    ¿Entonces está mal usarlo? No… siempre y cuando la uses con conciencia. El problema no es usar ChatGPT, el problema es dejar que haga todo por ti sin reflexionar ni aprender en el proceso, porque como estudiante te estás perdiendo la oportunidad de reflexionar, cometer errores y aciertos, pero sobre todo, de aprender (que es el principal objetivo de los maestros al encargarte tarea).

    Porque el valor de la carrera de arquitectura no está solo en el resultado final, sino en cómo llegas ahí: En cómo conectas ideas, resuelves contradicciones, representas lo que imaginas, y eso, por ahora, ninguna IA puede vivirlo por ti.

    Pautas para usar ChatGPT sin perder la esencia del aprendizaje:

    • Úsalo como asistente, no como autor: Deja que te acompañe, que te sugiera, que te ayude a ordenar. Pero toma tú las decisiones. Cambia, adapta, cuestiona lo que la IA te propone.
    • Revísalo todo: ChatGPT se equivoca. A veces inventa autores, fechas o datos. Otras veces usa definiciones muy generales. Siempre revisa lo que obtienes.
    • Personaliza lo que te da: agrega tu voz, tu experiencia, tu forma de pensar. Una memoria de proyecto sin tu sello personal pierde valor y se vuelve genérica.
    • Complementa, no sustituyas: Si usas ChatGPT para entender un concepto, luego busca una fuente académica, léela y relaciona. No te quedes solo con el resumen.
    • Sé transparente con tus profesores: Muchos docentes están abiertos al diálogo. Puedes decir “me ayudé con IA para estructurar el texto, pero lo desarrollé yo”. Eso es honesto.

    Conclusión: no es trampa si lo usas bien

    ChatGPT no es el enemigo, ni tampoco la solución a todos tus problemas. Es como un lápiz más sofisticado: si lo usas con intención, puede ayudarte a mejorar.

    Pero si lo usas sin criterio, te perderás lo más importante de estudiar arquitectura: aprender a pensar por ti mismo.

    Úsalo con inteligencia, con honestidad, y como parte de tu proceso. Porque la arquitectura —como muchas cosas— no se trata solo de llegar, sino de cómo te transformas en el camino.

    ¿Te interesa profundizar mas en el tema? Te invito a leer el siguiente articulo:

    https://www.compilatio.net/es/noticias/enganar-con-chatgpt

  • No es personal, es proyecto: recibir retroalimentación sin morir en el intento

    Pocas cosas generan más nervios en la carrera de arquitectura que una crítica de proyecto. Ahí estás tú, parado frente a tus planos, maqueta o láminas, con el corazón en la mano… y del otro lado, el maestro (o peor aún, el jurado) soltando comentarios que pueden sentirse como ganchos al hígado.

    Pero ¿y si te dijera que esas críticas —aunque duelan— pueden ser tu mejor herramienta para crecer como arquitecto?

    La retroalimentación no es un ataque personal

    Primero lo primero: cuando alguien te da retroalimentación sobre tu proyecto, no te está atacando a ti como persona. Están hablando de los resultados palpables del trabajo, no de tu valor como arquitecto ni de tu talento (ni tus desvelos o las horas invertidas).

    Tú no eres tu proyecto, como estudiante te encuentras en un proceso de aprendizaje donde es válido (e incluso esperable) que cometas errores.

    En arquitectura, a veces caemos en la trampa de casarnos emocionalmente con nuestras ideas. Pero hay que aprender a despegarnos del ego. Escuchar no significa rendirse, significa estar dispuesto a mejorar.

    Tips para tomar retroalimentación de forma constructiva

    • Respira y escucha con calma: Aunque al principio suene duro, respira profundo. No interrumpas, no pongas barrera de inmediato. Escuchar activamente es parte del proceso de aprendizaje.
    • Toma notas (¡y no sólo mentales!): Lleva una libreta o abre una nota en tu celular. Apunta lo que te dicen, incluso si en ese momento no estás de acuerdo. Después, con cabeza fría, puedes volver a leer y analizar.
    • No te defiendas por impulso: Una respuesta clásica es “no me dio tiempo” o “sí lo pensé, pero no lo puse”. Trata de evitar justificaciones al instante. Mejor, pregunta: “¿cómo podría mejorar esto?” o “¿qué parte no se entendió bien?
    • Filtra lo útil (y suelta lo que no): No toda crítica es oro. Hay comentarios útiles, otros confusos y algunos que simplemente no aplican. Aprende a identificar qué sí te sirve y qué puedes dejar ir sin tomártelo personal.
    • Vuelve al proyecto con nuevos ojos: Después de la crítica, dale espacio al proyecto. Regresa a él con otra perspectiva y pregúntate: ¿Qué puedo ajustar? ¿Qué idea se fortaleció con la retroalimentación?

    La crítica es un acto de respeto

    Aunque no lo parezca, cuando un profesor o colega se toma el tiempo de revisar y comentar tu trabajo, está invirtiendo en tu crecimiento. La crítica bien intencionada no busca humillar, sino ayudarte a ver lo que tal vez tú no ves aún.

    Claro, no todos los comentarios están bien formulados ni todos los críticos tienen tacto. Pero parte de tu formación también es aprender a decodificar esas observaciones y transformarlas en estrategias de mejora.

    La crítica es parte del diseño

    En arquitectura, el diseño nunca es individual ni final. Siempre hay revisión, ajuste y mejora. Aprender a recibir retroalimentación con apertura es clave para crecer como diseñador y como profesional.

    Incluso a nivel profesional, siempre te encontraras con el contrapunto del cliente, no se trata de tener siempre la razón, sino de estar dispuesto a hacer mejores preguntas y encontrar mejores soluciones.

    Así que la próxima vez que estés frente a una crítica, recuerda: no estás en un juicio… estás en una conversación y el objetivo es optimizar la propuesta de diseño.

  • La luz natural en la arquitectura

    La luz natural es uno de los materiales intangibles más poderosos en arquitectura. No sólo permite la visibilidad, sino que moldea la percepción del espacio, transforma la atmósfera de los lugares y regula aspectos fundamentales del bienestar humano.

    Entender su comportamiento y aprender a diseñar haciendo uso de luz y sombra es una de las habilidades esenciales para todo arquitecto.

    ¿Qué es la luz natural?

    Es la radiación solar visible que ingresa al espacio arquitectónico, modificada por elementos como la orientación, la latitud, la nubosidad o los materiales.

    A diferencia de la iluminación artificial, la luz natural es dinámica: cambia según la hora, la estación y las condiciones climáticas.

    Diseñar con luz natural implica comprender cómo incide sobre el espacio, cómo se distribuye y cómo puede controlarse para generar confort visual, eficiencia energética y riqueza espacial.

    Tadao Ando, «La iglesia de la luz». La luz entra a través de una cruz vacía en el muro, creando un efecto simbólico y emocional.

    Factores que influyen en el uso de luz natural

    • Orientación: Determina la cantidad y calidad de luz. En el hemisferio norte, la orientación sur recibe más radiación directa. La orientación norte ofrece una luz constante y difusa, ideal para espacios de trabajo o exposición.
    • Aperturas y vanos: El tamaño, forma y posición de ventanas, tragaluces y lucernarios condiciona la distribución lumínica. Ventanas altas orientadas al norte proporcionan iluminación uniforme sin deslumbramiento.
    • Materiales y color: Superficies claras y reflectantes maximizan la luz. Los materiales translúcidos filtran la luz directa y pueden reducir el contraste.
    • Control solar: Elementos como aleros, celosías, pantallas y persianas permiten regular la entrada de luz y proteger del sobrecalentamiento.
    Obra Blanca, «Casa Iguana». El espacio se abre gracias a la entrada de luz de las celosías, que genera un juego de sombras que cambia a lo largo del día.

    Luz natural y percepción espacial

    La luz no solo ilumina: permite generar ambientes, dramatiza, revela texturas, proyecta sombras y dirige la atención. Puede ampliar o contraer un espacio, acentuar ejes o disolver los límites entre interior y exterior. Por ello, no es casual que muchos maestros de la arquitectura moderna la consideren esencial.

    Louis Kahn, por ejemplo, afirmaba: “Una habitación no es una habitación sin luz natural”. En sus proyectos, como la Biblioteca Exeter, la luz se convierte en el elemento central del espacio.

    Louis Kahn, «Biblioteca Exeter». La entrada de luz permite ampliar la percepción espacial.

    Beneficios de la luz natural

    • Confort visual y salud: Mejora el estado de ánimo, el ritmo circadiano y la concentración. La exposición adecuada a la luz natural puede prevenir trastornos como la fatiga visual o la depresión estacional.
    • Eficiencia energética: Un buen diseño lumínico reduce el uso de luz artificial y climatización, disminuyendo el consumo energético del edificio.
    • Valor estético y simbólico: La luz puede dotar de espiritualidad a los espacios (como en las iglesias góticas o las capillas contemporáneas) y potenciar el carácter arquitectónico.

    La luz natural es una herramienta de diseño que exige sensibilidad, técnica y estrategia. No basta con abrir ventanas: se trata de componer con luz.

    En un mundo que demanda eficiencia y habitabilidad, el arquitecto que domina la luz natural está mejor equipado para proyectar espacios saludables, hermosos y sostenibles.

  • ¿Qué es la escala y por qué es importante?

    En este post vamos hablar de ¿Qué significa «hacer un plano a escala» y por qué todos insisten en este concepto? Pero lo más importante: ¿Cómo usar correctamente las escalas?

    La escala es una herramienta fundamental para comunicar ideas en arquitectura. Sin escala, no hay proporción, no hay claridad… y, muchas veces, no hay proyecto entendible. Así de simple.

    ¿Qué es la escala?

    En términos simples, la escala es la relación entre el tamaño real de un objeto y su representación en un plano, maqueta o dibujo.

    Podemos identificar 3 tipos de escala:

    • Escala natural: representa al objeto o espacio con su tamaño real (1:1)
    • Escala de ampliación: muestra al objeto más grande que su tamaño real (X:1)
    • Escala de reducción: representa al objeto más pequeño que en la realidad (1:X)

    La escala a elegir depende de la complejidad del objeto a representar y de la finalidad, pero siempre el dibujo representado debe ser lo suficientemente grande como para permitir una interpretación fácil y clara de la información mostrada.

    Como los edificios suelen ser muy grandes, necesitamos reducir sus medidas para poder representarlos, por lo cual usamos una escala de reducción.

    Por ejemplo: si dibujas una casa a escala 1:100, significa que cada unidad en tu dibujo representa 100 unidades en la realidad. Así, un muro de 3 metros de largo se dibujaría como 3 cm en el dibujo y una ventana de 1 metro como 1 cm.

    Pero ojo: la escala no solo sirve para que todo entre en la hoja. También ayuda a controlar el nivel de detalle y a tomar decisiones de diseño más precisas.

    Mientras más grande sea la escala elegida (1:.50, 1:75) mayor será el nivel de detalle que debemos representar en el plano, y, por el contrario, conforme alejemos el dibujo (1:100, 1:125) se reduce el nivel de detalle, procurando que el plano no se sature de información.

    Aquí entran en juego las calidades de línea, que ya abordamos anteriormente.

    Tipos de escalas más usadas en arquitectura

    Dependiendo el elemento que necesites representar, usarás escalas diferentes:

    1:500 o 1:1000 → Para mostrar el contexto urbano o el emplazamiento del proyecto.

    1:200 → Ideal para ver el conjunto de un edificio con algo de detalle.

    1:100 → Para planos de plantas, cortes y fachadas.

    1:50 → Cuando necesitas mostrar un poco más de detalle en interiores o secciones.

    1:20, 1:10, 1:5 → Para representar elementos constructivos, muebles, sistemas o encuentros entre materiales.

    Cada escala tiene un propósito. No se trata de hacer todo el proyecto en 1:100, sino de usar la escala adecuada para comunicar lo que quieres mostrar.

    Además podemos usar escalas intermedias, siempre indicando en el dibujo con que escala estamos trabajando.

    ¿Cómo evitar errores comunes con la escala?

    • Tus planos y maquetas siempre deben ir acompañados de la escala. Nunca des por hecho que se va a entender.
    • Usa una sola escala por plano, o si usas varias, sepáralas e identifícalas claramente.
    • Siempre coloca escala humana y mobiliario, te ayuda a complementar la compresión de la escala.

    Usar bien la escala no es solo cuestión de técnica. Es una forma de pensar el proyecto, de anticipar cómo se verá y cómo se comunicará tu idea a otros.

    Así que la próxima vez que estés frente a tu entrega final, recuerda esto: la escala es tu aliada. Úsala con intención y con criterio.

    Fuentes:

    • Van Lengen, J. (1997). Manual del arquitecto descalzo. Editorial Nostra Ediciones.